Corrupción, miseria y pánico moral

Reflexiones en torno a una deriva que aglutina y enfrenta al pueblo desde la etapa colonial.

Los tres son términos indisociables. Inseparables en su concepción y en su funcionamiento. Dependientes uno del otro. Esa triada está incorporada en nuestro sentido común. Así es natural pensar que la miseria es producto de la corrupción y que el corrupto es un ser despreciable. Impensable y hasta moralmente reprochable es siquiera esbozar una crítica. Lo cierto es que ni la corrupción ni la miseria ni los corruptos dejan de renovarse a lo largo de los años. ¿Y si el problema es pensar esos términos como lo hacemos? O aún peor: ¿y si pensarlos así no hace más que ocultar la o las causas causa reales de la corrupción como un problema de la democracia?

Ya en la Argentina seminal de 1813 la corrupción emergía como una herramienta simbólica eficaz utilizada por las elites para difamar y perseguir a los opositores o contendientes políticos (Polastrelli, pág. 15)1 (Balán, pág. 164)2 (Berrotarán & Kaufman, págs. 24 – 26)3.

Por entonces, la Asamblea General Constituyente inició un Juicio de Residencia4 contra treinta y cinco personas: entre otros: Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Mariano Moreno (Carranza, pág. 167)5. Una investigación que involucraba en una trama de corrupción a funcionarios que integraban en su mayoría el “ala jacobina” de Mayo. Todo se resolvió dos años después con una salomónica amnistía general, de claro efecto confirmatorio y multiplicador de la sospecha inaugurada por la falsa acusación.

El procedimiento del Juicio de Residencia tenía su particular singularidad para el sistema político local en ese momento; aunque las funciones y el comportamiento de algunos de los actores que participaban en su ejecución era arquetípica de la incipiente esfera pública que se empezaba a constituir en Occidente y que reemplazaría al Estado Absolutista, sus Cortes y Reyes por Parlamentos, Justicia y Poderes Ejecutivos.

El investigador Robert Darnton, dedicado a la historia cultural del siglo XVIII y especializado en la prensa gala, ha destacado que durante el prolegómeno de la Revolución Francesa “el impacto de los libelos no se limitaba al daño que causaban en uno o dos individuos. Tenían un efecto acumulativo, algo que caracterizaría como la creación de un mito político” (Darnton, pág. 539)6.

En diversas de sus investigaciones, a partir de una prueba material irrefutable y valiosa en términos históricos, establece que la proliferación y circulación de publicaciones más o menos regulares y con un público relativamente estable, la prensa periodística, estaban relacionadas con la constitución de una narrativa pública; aunque también con el extendido desarrollo de la calumnia como instrumento para dirimir cuestiones públicas.

Portada de Vie secrète de Pierre Manuel. Reproducción de Darnton Robert (2014).

Así que es posible establecer sin lugar a equívocos que la construcción de la corrupción como un problema público es contemporánea a la aparición de la prensa. Por lo tanto, deviene en un problema escencialmente de la democracia tal como la conocemos en Occidente. De modo que prensa, periodismo, corrupción y democracia también van de la mano. Y ello desde al menos desde los prolegómenos de la Revolución Francesa en adelante.

Si bien es posible coincidir con Darnton en que las denuncias de corrupción y las tácticas de desacreditación pública moralizantes son tan viejas como la democracia misma. Incluso, con diversos intelectuales y dirigentes políticos vernáculos respecto al carácter sistémico de esa práctica en el sistema político argentino. Resulta una novedad la aparición contemporánea y simultánea en diversos países occidentales de cierto tipo de discursos legítimos, actores expertos, políticas públicas tanto locales como a nivel internacional, incluso hasta pactos y tratados internacionales, cuyo común denominador son los significantes corrupción/transparencia.

La corrupción ha sido una de las tópicas centrales en al menos tres campañas electorales presidenciales nacionales argentinas durante los últimos veinticinco años. Las construcciones simbólicas en torno al eje corrupción/anticorrupción incluso han resultado pivotes a partir de los cuales se han erigido coaliciones políticas para interpelar a vastos grupos sociales.

El significante corrupción es un elemento “común” del imaginario político contemporáneo (Pereyra, pág. 15)7. La crítica y la desconfianza hacia la actividad política y el desempeño de “los políticos” constituye un rasgo persistente tanto en los países “periféricos” como en los “centrales” (2013, págs. 18 – 19) en Occidente.

La corrupción en la Argentina contemporánea, tal como establecimos al inicio de este artículo, aparece como un fenómeno moralmente intolerable, inaceptable. Por lo tanto, estamos más o menos acostumbrados a que las acusaciones de corrupción y las construcciones simbólicas en torno a la corrupción fungan como un mecanismo de legitimación/deslegitimación de ciertos colectivos o personas adversarias del campo político (Rosenmüller & Ruderer, pág. 8)8 (Frederic, pág. 25)9.

En la actualidad la mayoría de los actores expertos, organismos internacionales, medios de comunicación y hasta en el propio Estado atribuyen cierto sentido a lo que es la corrupción: “la acción u omisión de un funcionario público en beneficio de sí mismo o de un tercero”. Así lo consideran, por ejemplo, Transparencia Internacional, el Banco Mundial, el Banco Internacional de Desarrollo, Poder Ciudadano, entre otras organizaciones. A pesar de que “algunos han criticado [ese sentido] como econométrico, institucional, moralista y homogeneizante” (Ferreyra, pág. 7)10 el consenso anticorrupción promueve en todo el mundo [al menos] occidental medidas para erradicar factores asociados a las prácticas corruptas, concepciones de lo que es el Estado, la ciudadanía, la moral, entre otros aspectos.

Todo ello a partir de un “sentido común” que como vimos es parte de una construcción seminal de la democracia en Occidente y que involucra al periodismo, las élites, empresarios, la sociedad civil, los funcionarios y al pueblo.

No sólo en Argentina sino en el resto del mundo, el significante corrupción aparece así ligado a ciertas formas de dominación política singulares. Y, como todo proceso hegemónico, tiene un efecto de “bola de nieve” (Angenot, pág. 61 y 62)11, que extiende su campo de temáticas y de saberes aceptables imponiendo “ideas de moda y parámetros narrativos o argumentativos” capturando en esa misma construcción desacuerdos, cuestionamientos, planteos de originalidad y hasta paradojas que confirman lo hegemónico por más que pretendan oponerse. La hegemonía tiene en cuenta a todo, es totalizante. La hegemonía es homóloga a la corrupción en nuestro sentido común.

En nuestro interrogante inicial nos preguntamos si pensar la corrupción desde el sentido común no hacía más que ocultar parte del problema que la genera. Podemos ir más allá: un problema con determinados límites y soluciones planteados de antemano ya nos subsume en una trampa; por ejemplo, en pensar que es más importante el problema de la corrupción que la distribución del ingreso, la defensa de los recursos naturales, la desregulación laboral, la seguridad pública o el gatillo fácil.

Pensar la corrupción como un pánico moral, es decir como “síntoma” de otras tensiones y pugnas posibilita pensar el rol de ciertos actores y medios de comunicación en el proceso social discursivo que a través de dispositivos y tecnologías determinadas captura a los sujetos o disemina entre ellos afecciones.

Existe hoy un dispositivo tecnoindustrial que presenta ciertos indicios referidos a un boceto ideológico elaborado de antemano en torno a la corrupción cuyo objeto es el impacto dramático y la captura de los sujetos en discursos persecutorios y difamantes.

De modo esquemático sus elementos fundamentales consisten en que los pánicos morales son construcciones simbólicas percibidas como “amenazas al orden social o alguna concepción idealizada (ideológica)” de ese orden social. La amenaza y los grupos o personas que la encarnan aparecen como “demonios populares” (Thompson, pág. 24)12. Esa amenaza “se representa en los medios de comunicación” para que resulte reconocible. Se erige una construcción pública de la preocupación o problema público. Un conjunto de actores con acceso a la esfera pública se pronuncian sobre el problema y sus posible soluciones. El pánico moral declina o produce cambios sociales.

Pequeños placeres, 1913. Wassily Kandinsky.

Abonando un largo proceso histórico, el caldo de cultivo que necesitan los pánicos morales para su ascenso converge con las profundas transformaciones sociales a contramano del Welfare State, producidas en Europa y América latina desde la segunda mitad de 1970.

Pensar a la corrupción en términos de pánicos morales posibilita comprenderla como signo de”lucha entre discursos rivales” (Thompson, 2014, págs. 50 – 51)12. Lo que nos devuelve al interrogante inicial otra vez: el problema de la corrupción oculta, vela una disputa entre la élite, la dirigencia y el pueblo. Participan en ese ocultamiento el periodismo, los propios dirigentes y el pueblo mismo.

Las narraciones políticas, hechas también de pánicos morales, plantean un parteaguas, una distinción entre amigos y enemigos, insurgentes y defensores del statu quo, pueblo y rebeldes, entre el rebaño y el pueblo, entre el consenso y pensamiento. Esa distinción se construye interpelando a los amigos a la rebelión, la lucha con la promesa de un triunfo de los aliados que restaure la comunidad o libere al pueblo (Scavino, pág. 25)14. Siempre alguna de las narraciones logra imponerse al resto de las narraciones y aglutinar al resto en torno a sí. Allí opera una gramática aglutinadora, una hegemonía que circula y constituye a los discursos sociales y también a las narraciones políticas.

Algunos sectores de la élite vernácula han logrado aglutinar a un pueblo en contra de la corrupción, señalando de modo contínuo y permanente a otros sectores del sistema político. De ese modo han evitado que el escrutinio público ilumine su responsabilidad en la construcción de los problemas de nuestra democracia.

Tal vez el principal desafío para los relatos que nos unan en el futuro es evitar esa deriva de la corrupción como causa de la miseria de un pueblo, como pánico moral y como elemento persecutorio del otro.

Citas

  1. Polastrelli, I. (6 y 7 de 09 de 2012). Los revolucionarios se juzgan a sí mismos. Los Procesos de Residencia de 1813 y 1815 en el Río de la Plata. (P. p. Política, Ed.) Obtenido de http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/viij_polastrelli.pdf ↩︎
  2. Balán, M. (julio – diciembre 2011). La denuncia como estrategia: escándalos de corrupción en Argentina y Chile. IDES – Instituto de Desarrollo Económico y Social, 51(202-203), 163-187. Recuperado el 30 de 01 de 2016, de https://www.jstor.org/stable/23612380 ↩︎
  3. Berrotarán , P., & Kaufman, A. (2014). La construcción de la tiranía: el Libro Negro. En M. T. Bonet, & C. Ciappina, Representaciones, discurso y comunicación. El peronismo, 1945-1973 (págs. 23-42). La Plata: EDULP. ↩︎
  4. Es el antecedente del juicio político incorporado a la Constitución Nacional en 1853. Para ampliar pueden consultarse un artículo de Mariluz Urquijo, José M: “Los juicios de residencia en el derecho patrio”, en Revista del Instituto del Historia del Derecho, Nº 5, 108-122, Buenos Aires, 1953; Levene, Ricardo; Manual de Historia del Derecho Argentino, Editorial Kraft, 1962. ↩︎
  5. Carranza, A. (1898). Causa de Residencia formada á los individuos que gobernaban provisoriamente las Provincias Unidas, desde el 25 de mayo de 1810 hasta el 20 de febrero de 1813. En A. Carranza, Archivo General de la República Argentina: Período de la independencia, Tomo XIII. Kraft. ↩︎
  6. Darnton, R. (2014). El diablo en el agua bendita o el arte de la calumnia de Luis XIV a Napoleón. México: Fondo de Cultura Económica. ↩︎
  7. Pereyra, S. (2013). Política y Transparencia. La corrupción como problema público. Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores. ↩︎
  8. Rosenmüller, C., & Ruderer, S. (2016). “Dádivas, dones y dineros”. Aportes a una nueva historia de la corrupción en América latina desde el imperio español a la modernidad. Madrid: Iberoamericana – Vervuert. ↩︎
  9. Frederic, S. (2017). Buenos vecinos, malos políticos. Moralidad y política en Buenos Aires. Temperley: TeseoPress. Obtenido de https://www.teseopress.com/buenosvecinos/ ↩︎
  10. Ferreyra, S. G. (2019). Usos políticos de la corrupción en el enfrentamiento peronismo-antiperonismo. Una lectura desde las comisiones investigadoras de 1955 en Argentina. Working Papers ICPS, 356, 1-31. ↩︎
  11. Angenot, M. (2010). El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible . Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores. ↩︎
  12. Thompson, K. (2014). Pánicos Morales. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes. ↩︎
  13. Thompson, K. (2014). Pánicos Morales. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes. ↩︎
  14. Scavino, D. (2012). Rebeldes y confabulados: narraciones de la política argentina. Buenos Aires: Eterna Cadencia. ↩︎

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